Discurso
Este discurso tiene muy buenas intenciones, pero nada más. Es que me resulta imposible reducir a unas cuantas líneas el inmenso agradecimiento que sentimos hacia los gestores de nuestra realidad. No me refiero a nuestros padres biológicos, ellos bien hicieron su labor al darnos la posibilidad de recibir la mejor educación. Hoy me refiero a esos otros padres de mil batallas, a esos que sin darnos cuenta, ocupan un espacio gigantesco en nuestros corazones y mentes, tanto así, que cuando nos acordamos de ellos, nos embarga un inmenso sentimiento de gratitud y satisfacción. El hecho que hoy estemos reunidos como hijos de esta gran familia, es la prueba fehaciente del profundo respeto y admiración que sentimos hacia nuestros maestros.
Es así como en esa maraña de recuerdos y momentos vividos que llamamos memoria, empiezan a aparecer cada vez con mayor claridad las historias que serán los relatos más increíbles para nuestros nietos. Es que el realismo mágico no sólo está en la calles macondianas de “Gabo”, también está en las innumerables aventuras escolares que pasamos juntos. ¿O es que no se acuerdan de nuestro encuentro con el mar? Ese sinfín de color azul de variadas tonalidades, que refresca y divierte, pero que al mismo tiempo arde en los ojos y nos impregna con sal la boca. Ese primer encuentro con el poseedor del planeta es algo que nunca olvidaremos. ¿A quién más se le podía ocurrir sino a un maestro? ¿Cómo sería la satisfacción de Mario al ver el embeleso de una partida de muchachitos descubriendo el mundo con pescado y patacón con suero costeño?
Esas son las cosas que uno comprende cuando tiene un hijo. Hacer feliz a un niño es lo más gratificante que puede existir, ahora bien, hacer felices a un ejército de muchachitos no debe tener explicación, ahí no cabe razón ni lógica alguna, ahí solo puede haber satisfacción y mucho cariño. Eso fue lo que sentimos en ese entonces y es también lo que ahora sentimos con mayor ahínco. Atrás se quedaron las huellas en la arena, las mismas que la brisa en cuestión de minutos erosionó y las borró para siempre. Gracias a Dios que nuestra cabeza está bien sellada, fuera de la exposición de los elementos de la naturaleza. Allí estarán para siempre esas huellas que nada ni nadie podrán borrar, y es que lo vivido no se olvida, pues al fin y al cabo, recordar es vivir.
Ahora, tal vez por la ocasión y por el tiempo que hemos dedicado a vivir del recuerdo, afloran con más facilidad otras historias mágicas. ¿Qué decir del profesor que con sus semblanzas ecológicas hoy por hoy es un profeta de la debacle que estamos sufriendo? Afortunadamente él plantó en nosotros una semilla que germinó y que nosotros nos encargamos de dispersar en nuestros hogares y sitios de trabajo. Eso ocurrió la vez que fuimos a Cisneros. Allí entendimos el rol del ser humano con la naturaleza y la gran responsabilidad que hemos dejado a las nuevas generaciones.
Así podría seguir toda la noche, rememorando cada instante que se resiste a morir en el olvido que produce el tiempo, reencarnado todos esos buenos y malos momentos de una adolescencia que se nos escapó y ahora esta juventud que hace lo propio. Por eso no quiero alargarme demasiado, podría volverme viejo en el intento. Sin embargo, sería injusto si no extendiera este profundo y sentido agradecimiento a todos los gestores, que de una u otra forma, intervinieron en nuestro proceso educativo en la institución, dejando en nosotros las bases sólidas de lo que hoy orgullosamente somos: egresados del IDEM SAN JAVIER 1977.
No menor puede ser el agradecimiento que nos embarga hacia la persona que hace que todas las cosas funciones bien, ese ser que hizo de nuestro paso por el colegio un tránsito agradable por las vías del entendimiento, la virtud y el conocimiento. El capitán de este barco que permanece invicto por más fuerte que hayan sido las mareas y las tormentas. A nuestro querido rector le debemos el empeño y la dedicación que depositó en cada uno de nosotros. A él y a su cuerpo de docentes y demás miembros de esta familia, les agradecemos infinitamente lo que han hecho por nosotros, pues yo, al igual que todos mis compañeros, somos el fruto de esa semilla que ellos ayudaron a germinar.
A todos ustedes y a los que ya descansan en la gracia del señor y nos acompañan desde el cielo, dedico estas palabras que un docente me dejó como enseñanzas. Allí se resume la grandeza de su profesión.
“Amor y maestría constituyen una llave inseparable, se nutren mutuamente. El amor construye y lleva al bien, el ser maestro también. El que ama tiene esperanza, el maestro espera diez meses, dos, cuatro o treinta años, para ver sus obras. La esperanza en él permanece.
El amor es un fuego encendido constantemente, es ese fuego el que hace que el maestro verdadero vaya hasta el final, no reniegue de lo que es, de su suerte y de su vida.
Todos los días se siente enaltecido, se siente motivado, por que lo transforma al mundo, pues son los seres humanos los que mueven el mundo, y esos seres un día estuvieron en sus manos.
¿Podrá entonces existir otra profesión más especial que el ser maestro?”
¡Muchas gracias!
Elkín Antonio Álvarez Saldarriaga
Este discurso tiene muy buenas intenciones, pero nada más. Es que me resulta imposible reducir a unas cuantas líneas el inmenso agradecimiento que sentimos hacia los gestores de nuestra realidad. No me refiero a nuestros padres biológicos, ellos bien hicieron su labor al darnos la posibilidad de recibir la mejor educación. Hoy me refiero a esos otros padres de mil batallas, a esos que sin darnos cuenta, ocupan un espacio gigantesco en nuestros corazones y mentes, tanto así, que cuando nos acordamos de ellos, nos embarga un inmenso sentimiento de gratitud y satisfacción. El hecho que hoy estemos reunidos como hijos de esta gran familia, es la prueba fehaciente del profundo respeto y admiración que sentimos hacia nuestros maestros.
Es así como en esa maraña de recuerdos y momentos vividos que llamamos memoria, empiezan a aparecer cada vez con mayor claridad las historias que serán los relatos más increíbles para nuestros nietos. Es que el realismo mágico no sólo está en la calles macondianas de “Gabo”, también está en las innumerables aventuras escolares que pasamos juntos. ¿O es que no se acuerdan de nuestro encuentro con el mar? Ese sinfín de color azul de variadas tonalidades, que refresca y divierte, pero que al mismo tiempo arde en los ojos y nos impregna con sal la boca. Ese primer encuentro con el poseedor del planeta es algo que nunca olvidaremos. ¿A quién más se le podía ocurrir sino a un maestro? ¿Cómo sería la satisfacción de Mario al ver el embeleso de una partida de muchachitos descubriendo el mundo con pescado y patacón con suero costeño?
Esas son las cosas que uno comprende cuando tiene un hijo. Hacer feliz a un niño es lo más gratificante que puede existir, ahora bien, hacer felices a un ejército de muchachitos no debe tener explicación, ahí no cabe razón ni lógica alguna, ahí solo puede haber satisfacción y mucho cariño. Eso fue lo que sentimos en ese entonces y es también lo que ahora sentimos con mayor ahínco. Atrás se quedaron las huellas en la arena, las mismas que la brisa en cuestión de minutos erosionó y las borró para siempre. Gracias a Dios que nuestra cabeza está bien sellada, fuera de la exposición de los elementos de la naturaleza. Allí estarán para siempre esas huellas que nada ni nadie podrán borrar, y es que lo vivido no se olvida, pues al fin y al cabo, recordar es vivir.
Ahora, tal vez por la ocasión y por el tiempo que hemos dedicado a vivir del recuerdo, afloran con más facilidad otras historias mágicas. ¿Qué decir del profesor que con sus semblanzas ecológicas hoy por hoy es un profeta de la debacle que estamos sufriendo? Afortunadamente él plantó en nosotros una semilla que germinó y que nosotros nos encargamos de dispersar en nuestros hogares y sitios de trabajo. Eso ocurrió la vez que fuimos a Cisneros. Allí entendimos el rol del ser humano con la naturaleza y la gran responsabilidad que hemos dejado a las nuevas generaciones.
Así podría seguir toda la noche, rememorando cada instante que se resiste a morir en el olvido que produce el tiempo, reencarnado todos esos buenos y malos momentos de una adolescencia que se nos escapó y ahora esta juventud que hace lo propio. Por eso no quiero alargarme demasiado, podría volverme viejo en el intento. Sin embargo, sería injusto si no extendiera este profundo y sentido agradecimiento a todos los gestores, que de una u otra forma, intervinieron en nuestro proceso educativo en la institución, dejando en nosotros las bases sólidas de lo que hoy orgullosamente somos: egresados del IDEM SAN JAVIER 1977.
No menor puede ser el agradecimiento que nos embarga hacia la persona que hace que todas las cosas funciones bien, ese ser que hizo de nuestro paso por el colegio un tránsito agradable por las vías del entendimiento, la virtud y el conocimiento. El capitán de este barco que permanece invicto por más fuerte que hayan sido las mareas y las tormentas. A nuestro querido rector le debemos el empeño y la dedicación que depositó en cada uno de nosotros. A él y a su cuerpo de docentes y demás miembros de esta familia, les agradecemos infinitamente lo que han hecho por nosotros, pues yo, al igual que todos mis compañeros, somos el fruto de esa semilla que ellos ayudaron a germinar.
A todos ustedes y a los que ya descansan en la gracia del señor y nos acompañan desde el cielo, dedico estas palabras que un docente me dejó como enseñanzas. Allí se resume la grandeza de su profesión.
“Amor y maestría constituyen una llave inseparable, se nutren mutuamente. El amor construye y lleva al bien, el ser maestro también. El que ama tiene esperanza, el maestro espera diez meses, dos, cuatro o treinta años, para ver sus obras. La esperanza en él permanece.
El amor es un fuego encendido constantemente, es ese fuego el que hace que el maestro verdadero vaya hasta el final, no reniegue de lo que es, de su suerte y de su vida.
Todos los días se siente enaltecido, se siente motivado, por que lo transforma al mundo, pues son los seres humanos los que mueven el mundo, y esos seres un día estuvieron en sus manos.
¿Podrá entonces existir otra profesión más especial que el ser maestro?”
¡Muchas gracias!
Elkín Antonio Álvarez Saldarriaga
6 comentarios:
Elkin y demas apreciados compañeros:"viviendo" este encuentro al cual inforunadamente no pude asistir siento una inmensa emocion. Espero que ese gran corazon nos permitan alegrias tan grandes como las que nos han regalado a aquellos que nos preciamos de tenerlos como compañeros y amigos. A todos ustedes un Dios les pague por siempre.
Bien por este blog. Adelante.
Que bien compañeros, los felicito por todo esto. Si recordar es vivir, lo vivido en el festejo han volcado a nuestra memoria, inolvidables momentos de nuestro paso por nuestro colegio. Nos sentimos tan jovenes como antes. Que se repita. Por aca estoy en el caribe colombiano esperandolos.
Animo con este blogger. Por aqui podemos seguir enriqueciendonos todos los dias con estos gratos recuerdos.
Gracias por la información de los bachilleres 1977, es muy grato volver a ver a tantos compañeros, revivir el pasado, en algunos casos no reconozco a quienes están en las fotografías; pero fue muy placentero. Saludes a quienes asisten con mayor regularidad a las reuniones. Cordial saludo. Hugo Valencia Melguizo
Por favor escríbanme a mi email. Edgarjose@optonline.net Para compartír recuerdos. Soy de esa promoción
Saludos
Sabes de otros compañeros?
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