miércoles, 28 de marzo de 2018

MARIO ANTONIO ARISTIZÁBAL VALENCIA (1939 - 2018)

Antes de iniciar quiero pedir disculpas a la familia Aristizábal Valencia, a sus amigos y a los presentes por atreverme a leer estas sencillas palabras, que les aseguro salen desde lo más profundo de mi corazón, es por eso, que hablo en primera persona y las escribo para recordar a un ser maravilloso, una persona que a mí personalmente me enseño mucho, a mi MAESTRO.
Hace pocos días un compañero me lanzo una pregunta, ¿Vos porqué queres tanto a Mario?, y yo conteste con tres o cuatro calificativos, para referirme a uno de los profesores que más me marcaron como persona.
Ayer, marzo 23, al finalizar la tarde, me informan que había acabado de fallecer. Hacía varios días venía aquejado de una enfermedad terminal, Dios hizo su misericordia y se lo llevo a su lado, donde no hay dolor, donde no hay pasiones, no habrá tangos, no estará su equipo del alma, como tampoco lo acompañaran sus amados libros.
Cada que tuve oportunidad de hablar con Mario, se lo expresé, le manifesté mis agradecimientos porque se montó con nosotros en una odisea de llevarnos cuando solo teníamos 12 años a conocer la mar, ese gigante del que ya nos había hablado en El viejo y el mar y allá llegamos a contemplar en las playas de un Tolú incipiente, polvoriento y pobre ese inmenso horizonte de colores que no alcanzábamos a contemplar.
Me enseño a amar el tango, cuando invitaba a nuestro compañero Luís Guillermo Mesa, un lunes de guayabo a cantar “Volvamos a empezar”, pero también nos enseño a amar a Cervantes, pues cuando alguien se salía de casillas, le decía una de sus más reconocidas frases: “No se conviertan en ARROGANTES JACTANCIOSOS.” O cuando nos decía “Recuerden que la ingratitud es hija de la soberbia.” También nos decía “No huye el que se retira.” Cuando le preguntábamos, Mario, ¿quién dijo eso? Respondía “Tienen que leer El Quijote, eso no les va a entrar por los sobacos, con los libros debajo del brazo no aprende nadie.” Entonces, toco leer El Quijote y enamorarnos de su vocabulario, de sus aventuras y de todo lo que ese maravilloso libro significa.
Me enseño a amar a los poetas antioqueños del Siglo XX, Porfirio Barba Jacob, León de Greiff, uno de sus favoritos, Jorge Robledo y claro a escritores como Tomás Carrasquilla y Manuel Mejía Vallejo. Además, que sembró en muchos de nosotros la semilla de la pasión por la lectura.
Me enseño a querer al Medellín, pues, la clase de los lunes era siempre sobre como había jugado el Poderoso, a quién le habíamos ganado el día anterior o cómo se llamaba la mamá del árbitro que nos había robado el partido y que nos sacó perdedores del estadio. A pesar de no ser muy deportista amaba el deporte, recuerdo cuando estábamos en sexto que para el campeonato interclases conformamos el equipo del salón, Mario dijo que él iba a ser el arquero, pues claro que fue el portero y cada partido salía de la amarilla, así le decíamos a la cancha, más amarillo que la bandera. Pero estaba feliz de haber tapado, así hubiéramos perdido,
Fue el primer profesor que me puso a pensar en que nuestras acciones deben estar encaminadas a beneficiar al prójimo, a pensar en los más necesitados, a no quedarnos callados frente a las injusticias de los poderosos. Recuerdo cuando nos puso a hacer un análisis de la canción “Vuelo blanco de gaviota” de Ana Belén, aparentemente una canción más, pero cuando realizamos el estudio y la escuchamos detenidamente nos explicó que, por esa letra, la cantante debió salir exiliada de su patria. Lo mismo hizo cuando el golpe de estado en Chile y el fallecimiento de su presidente Salvador Allende, igual sucedió con la repentina muerte del poeta Pablo Neruda, ese día lloro y nos decía que éramos muy jóvenes para entender lo que pasaba.
Mario, en mi humilde concepto era una persona sensible, en una oportunidad, cuando en un atentado falleció una de sus sobrinas, nos encontramos de casualidad y nos tomamos unos aguardientes, recuerdo que le pedía al señor del bar un tango “Sus ojos se cerraron” de Julio Sosa y ahí solo en la intimidad del tango, lloró amargamente por su Mónica, creo que así se llamaba. Fue un amante de la vida, de su familia, evoco cuando nos hablaba en la época dorada de la música bailable de su hermano que hacía parte de la agrupación LOS ÉXITOS, se sentía orgulloso. Fue un hombre descomplicado, generoso, pues fueron muchas las veces que casi se gastaba el sueldo con nosotros, cuando estábamos iniciando bachillerato, nos invitaba a mamoncillos, luego, cuando ya éramos mayores, nos invitaba a cerveza, eso sí, para hablar bien del Medellín. Mario fue humilde, no se ufanaba de sus conocimientos, simplemente los compartía, es por eso que con el perdón de los presentes y de sus antecesores puedo decir que Mario fue un MAESTRO, palabra que etimológicamente quiere decir, “EL MÁS MEJOR”.
Así que hoy le digo a mi compañero, por esto y por otros recuerdos que la mente conserva, y me niego a revelar, que te puedo decir que quiero a Mario.

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